Entre héroes y heroínas
Primera parte
Por: Daniel Ortiz Celestino
30 de abril de 2010
Me cuesta mucho trabajo contar cosas de mi vida, no porque sean buenas o malas, sino porque considero que lo mío es para mí, pero además, contar cosas mías es contar cosas de la gente con quienes las viví y tampoco me siento cómodo robándoles sus recuerdos, apropiármelos y ponerlos en una vitrina para que los demás los puedan ver.
Evidentemente eso es inevitable, por lo que cuando tengo las ganas, la necesidad o la ocurrencia, lo tengo que hacer para liberar un poco de energía y que genere otras cosas en mí, porque creo que los recuerdos se acumulan y nunca son suficientes, pero si no se mueven de vez en cuando, se enturbian y hacen daño, sean buenos o sean malos, recordar es voltearse a ver, quitarse las telarañas y volver a vivir.
Entre los recuerdos que conservo con mucho cariño, está cada primer día de clases que entré al kinder, a la primaria, a la secundaria y a la prepa, los tengo grabados como si todavía pudiera verlo, como si estuviera pasando permanentemente y, este día del niño, con la facilidad que da tener un mapa conceptual de representaciones de mi gente, que por no existir esta tecnología antes, ahora en facebook puedo tener acceso a todas las personas con la que hoy convivo en la inmediatez virtual, pero donde la inmediatez física se añora más.
Ya que el espacio-tiempo que vivimos se ha quedado en nuestras memorias, quiero contar nomás porque sí algunos detalles que hoy decidí relatar. La mejor argumentación que encontré fue el paso del tiempo y que esos niños que fuimos ya estamos más allá de la intensidad con que vivimos la niñez como para ocasionar molestias.
Tuve una infancia normal, con pleitos con mis hermanos, regaños de mis papás, peleas con mis amigos, exámenes reprobados, ridículos deportivos, decepciones amorosas, amores platónicos, juegos perdidos y descalabros físicos con hemorragias escandalosas. Todo lo que cualquier niño sano vive.
El primer día que entré al kinder, mi mamá me paseó de la mano por el salón de clases que estaba todo pintado de rosa, mesas y sillas, a todos los niños les habían puesto un gafete con su nombre, así que mientras encontraba una sillita para sentarme, mi mamá me leyó los nombres de todos los niños que alcanzó, había una niña llamada Licha, otra Coco, un niño llamado Gilberto, otro era Alvaro, otro Juanito, otra era Denys y terminé sentándome con el que fue mi primer amigo, Miguel.
Miguel y yo platicábamos mucho, vivíamos a pocas cuadras y a veces saliendo del kinder, lo invitaba a la casa a comer, a mis hermanos les caía muy bien y a mis papás les parecía muy simpático, era peleonero y orgulloso, de él aprendí el honor de la amistad un día que me defendió de otros niños del salón amarillo.
Después entré a la primaria, nos tocó en el mismo salón, 1º “B”, pero a mí hasta delante de una de las filas centrales, a lado una niña llamada Bertha y del otro lado, Caín, digo, Manuel, el primer niño odioso que conocí y ella la primera niña… la primera niña.
La maestra Georgina nos puso a hacer un círculo con la mano y Manuel le dijo que yo lo estaba haciendo mal, yo volteé a ver mi mano y según mi concepto del trazo y comprensión del espacio, los círculos imaginarios me estaban saliendo derechit… digo, redonditos. La maestra captó el problema “es que él es zurdo, por eso lo hace al revés”, le dijo al chismoso de Manuel.
En el salón estaban cerca de mi Omar, Francisco, Araceli, Anita, todos ellos, amigos míos hasta la fecha, además de Mariela, Greta, Vicente, Héctor, Rocío, Chuy, Chava, Víctor, Angélica, Maritza, y otros que, si mi percepción no me engaña, se los tragó la tierra como a los mayas.
El primer día de clases en 2º año llegó Asael, también el primer enemigo del buen Manuel, rivales hasta 6º año y con quienes oscilé mi amistad, tuvimos un equipo de básquetbol que siempre estuvo compitiendo fuertemente contra los mentados Pingüinos del “A” por no quedar en último lugar de los torneos, no siempre lo conseguimos. Hubo un partido donde Asael metió la canasta ganadora en un tiro libre de último minuto, no debieron haber sido más de 18 puntos los de nosotros y de 17 los del otro equipo, pero lo disfrutamos como los mejores tiempos de los Lakers del Magic Johnson.
Los juegos eran al principio de niños y niñas, jugábamos a atrapar niñas aunque no sabíamos qué hacer después con ellas, nada más corríamos, las alcanzábamos, las juntábamos en un lugar y… se acababa el juego. Lástima que en secundaria no se pudieran retomar esos juegos, ni qué decir a esta edad.

No debería decirlo con cierto orgullo, pero a la maestra Elizabeth me tocó darle unas patadas... (si ma´, “puntapiés” pues) en la cara, me había quedado a terminar un trabajo en el salón, cuando casi acababa el recreo salí corriendo a comprar unas galletas con salsa San Luis que vendían niños de 6º, uno cargaba la caja y daba las galletas mientras el otro manejaba el dinero y ponía salsa, cuando llegué a “la bolita” de las galletas, salió corriendo un niño y los dos chocamos, su cabeza contra mi mejilla, compré mis galletas y cuando me las terminaba, todos me empezaron a ver con mucha curiosidad.
Me molesté mucho porque me sentía animal de circo, pero no sabía que tenía un moretón enorme que me rodeaba todo el ojo derecho, mientras unos niños se acercaban riéndose por mi cara golpeada, otros se acercaban a querer saber si estaba bien, pero yo no escuchaba nada, había como 30 niños a mi alrededor, yo veía como 300 y como pude, empecé a golpearlos a todos, los niños salían volando hasta que entre varios, me llevaron con la maestra Eli, como pensé que me iba a regañar por andar de peleonero y como estaba enfurecido, le pegué y salí corriendo hasta el hall de la escuela, que era como la Meca, un lugar sagrado donde nadie podía subir, ahí me quedé viendo como los demás niños pedían quemarme vivo. Mi hermana, que estaba en 6º, llegó y en la dirección me tranquilizaron, los dos días posteriores no fui a la escuela.
El primer día de 3º de primaria, llegó un tal Fernando y otra horda de niños reprobados, Roberto, Arturo, Julio y el famosísimo Santos, el terror de generaciones. Los niños de 3º de secundaria le tenían miedo, de hecho, creo que también los papás, pero no la directora Toñita, una viejecita enérgica y con mucho oficio educada a la vieja escuela y cuyo régimen nos hizo formarnos muy bien, lo regañó varias veces. Entre las curiosidades que se me vinieron a la mente en este momento es que era obligación que nosotros mismos hiciéramos una carpeta de tela para forrar la paleta y el respaldo de los pupitres y no rayarlos, también nos exigía que hiciéramos un gafete diseñado a nuestro gusto pero con la mayor condición de que dijera “Ponga la basura en su lugar” hasta la fecha, no conozco a nadie que creciera bajo ese régimen que tire un papelito en la calle, aunque tal vez ese méndigo Santos... es que nunca aprendió.
Con Fernando, Omar y Francisco me junté mucho todo ese año, íbamos al cine con chamarras de pluma de ganso o gabardinas, según nosotros nos veríamos mayores y nos dejarían entrar, nunca nos impidieron la entrada, pero adentro del cine no aguantábamos el calor.
Los tres son mis amigos entrañables, he pasado miles de cosas junto a cada uno de ellos, desde platicas y bromas, pasando por conciertos, festejos, borracheras, persecuciones, tragedias, incluso peleas callejeras, proyectos laborales y muchas, muchas horas de juego, no se diga de videojuegos, con ellos aprendí a andar en la calle y a reírme de la vida, cuando los dejo de ver, sonrío menos.
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